Este verano estuve unas semanas en Zahara de Los Atunes, Cádiz, y otra la pasé en Marbella con mis padres. Allí estuve con varias amigas mías. Fue una de las mejores semanas que pueda recordar de toda mi vida. Todos los días estábamos llenas de planes, tanto durante el día como en la noche. Un día decidimos ir al ‘cable-ski’. Es parecido al ‘kitesurf’ o al ‘ski’ acuático, sin embargo, se realiza en un lago y no en el mar. Además, te empujas de un cable que sigue un circuito por el lago y no te lleva el viento o un barco. Allí decides cuantas vueltas quieres dar, si prefieres la tabla de ‘kite’, los esquís, o lo más fácil, la tabla para las rodillas. Todo parece tan sencillo, tan divertido… pero cuando ves el agua verde del lago, todo da un giro. Preguntas a los encargados del lugar si hay algún tipo de animal y simplemente te contestan, “hay algunos peces, tortugas…” Ese es el momento en el que algunas personas se echan atrás y deciden no montarse. En cambio, otras como yo, deciden seguir con su aventura.
Una vez que te pones el salvavidas y eliges la tabla que quieres, te pones a la cola. Mientras esperas, puedes ver las caídas de la gente, de las que no puedes evitar reírte, y por las que casi acaban ahogados, o por el contrario, a los típicos ‘guaperas’ aficionados a ese deporte y que lo hacen perfecto. Cuando está a punto de llegar tu turno tienes tal nervio, que el estómago se te empieza a revolver… Al llegar tu momento, agarras una barra que está atada a un cable que sigue todo el circuito y agachas un poco tu cuerpo poniendo toda tu fuerza en tus brazos, manos y piernas. Seguidamente, recibes un aviso y el cable te pega un tirón que para cuando muchos se dan cuenta están debajo del agua, habiendo recibido un ‘tortazo’ que no pueden ni creérselo, y otros siguen el recorrido. En éste se trata de pasar entre dos bollas, y para ello tienes que poner todo tu peso sobre un lado y poner las piernas en sentido contrario a éste dependiendo de la curva. Aquí es cuando la gente sufre la mayoría de los percances, y al estar lejos de la salida, una barca de madera parecida a una patera, te viene a recoger. Ésta es manejada por uno de los trabajadores más guapos del ‘cable ski’. Lo más seguro es que el chico esté riéndose de ti en sus adentros, pero tras el golpe que has recibido y la emoción que tienes por estar tan cerca de él, hacen que no te importe nada ser el motivo de su risa.
Respecto a mi aventura, todo fue pasando más o menos bien. Logré salir sin caerme al principio, pero por una u otra razón, siempre acababa cayéndome al agua. En una de ellas recibí un aviso por el megáfono diciéndome que me tirase porque sino iba a atropellar a una amiga mía que se encontraba tirada en plancha sobre el agua sin poder moverse por haberse caído. Fue una pena, ya que esa fue mi mejor vuelta y estuve a punto de hacerla entera. En otra ocasión también me tiré, simplemente fue porque quería que me viniese a recoger el guapo de la barca… Y allí estaba yo, a su lado y con una sonrisa de oreja a oreja, pero al mismo tiempo, con un dolor de cuerpo y un mareo que hacían casi imposible tener un ojo en dirección a China y el otro a Cuenca… En las dos vueltas sobrantes, me caí justo en la llegada de recorrido, así que no fueron del todo desastrosas. Es más, fui la única de mis amigas que realizó las cuatro vueltas, ya que todas se retiraron en su primera o segunda vuelta.
Nuestra aventura no fue como nosotras la esperábamos, estábamos plenamente confiadas en que sería muy fácil, que pasaríamos de la tabla de las rodillas, pero no, y tampoco nos esperábamos el mareo que te causaban las vueltas… Parece que no fue una experiencia divertida, pero no es así. Entre todos esos momentos ‘malos’ siempre había por medio carcajadas como las de un niño pequeño que son imposibles de evitar, y también causantes de muchas de mis tragadas de esa agua verde con reptiles…
INÉS MORENÉS AGUIRREZÁBAL